FELIZ NAVIDAD – PARAÍSO de los LIBROS PerdidoS


Desde el Blog Paraíso de los Libros Perdidos queremos felicitar la Navidad a todos los que nos siguen de una forma peculiar. Como este año hemos contado con la colaboración de Luz Guillén y Antonio Reina para el concurso de relatos, nos hemos atrevido a solicitar su colaboración para desear a todos los que nos leen unas muy felices fiestas. Esperamos que disfrutéis de estos cuatro relatos que están llenos de buenos deseos y cariño.

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LUZ GUILLÉN
GRACIAS PAPÁ NOEL

– Por favor, por favor, Papá Noel –rogó Laura nada más abrir los ojos aquella mañana.
Saltó de la cama con toda la ilusión del mundo encerrada en sus seis años, se puso las zapatillas (tal como le
recordaba su madre cada día) y corrió a la habitación de su hermanito Nicolás que todavía dormía.
– Nico, Nico, despierta enano. Papá Noel ya ha llegado.
Con el sueño aún enredado, Nicolás pestañeó durante un instante antes de abrir los ojos de par en par y
sonreír.
–¿El señor del traje rojo? ¿El de los regalos?
– Sí –confirmó la niña entusiasmada– ¿Quieres ver qué nos ha traído?
– Yo quiero un camión de bomberos.
– Pues anda, vamos –le urgió cogiéndole de la manita.
– Papá, Mamá –gritó el pequeño de la familia mientras recorría el pasillo junto a su hermana– El señor de la
barba blanca ha venido a casa a dejarnos juguetes.
Llegaron a la sala presidida por un gran abeto adornado con mil bolas de color rojo, seguidos por Carolina y
José Fran, sus padres. A los pies del árbol, un gran número de paquetes ricamente envueltos los esperaban.
Laura se acercó casi con veneración a uno de ellos y se agachó para tratar de leer el nombre escrito en él.
Sus padres, orgullosos, admiraban los intentos de su niña por juntar letras para formar palabras. En ese
momento, una caja se movió ligeramente y desde su interior se escuchó un gemido. Laura soltó lo que
tenía en las manos, miró primero a sus padres y después a Nicolás y volvió los ojos hacia el paquete.
– ¡Me lo han traído, me lo han traído! –gritó excitada cogiendo el paquete danzarín. Un nuevo gruñido
quejoso salió del interior.
Entre sonrisas, Carolina y José Fran observaron cómo su hija presa de la emoción, arrancaba el papel que
envolvía su regalo mientras Nicolás tiraba de su pijama exigiéndole que le leyera el nombre de un embalaje.
José Fran se acercó al pequeño para cogerlo en brazos.
– Ven Nicolás, yo te lo leeré –le dijo dándole un beso en la sien– Deja que tu hermana abra lo que le ha
traído Papá Noel.
Laura terminó de quitar el envoltorio y destapó la tapa. Una cabecita blanca y lanuda, de la que solo se
distinguía una trufa negra, apareció agitada. Laura cogió en sus brazos a la pequeña bola peluda, la abrazó y
ya no soltó jamás al nuevo miembro de la familia al que llamó Nube.
Muchos años más tarde, un día de Navidad como aquel, Laura recordaba ese momento acariciando la
cabeza de una Nube ya muy viejecita, y con añoranza susurró:
– Gracias Papá Noel.

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CRISTIN FERRO
LA ESTRELLA DE NAVIDAD

Como cada año, el momento de poner los adornos navideños se convierte en una fiesta en casa. Mi niña se vuelve loca por colocar las bolas del árbol, pero como con la estrella, nada. Desde siempre siente una extraña fascinación por colocar el último adorno del árbol, un embrujo que no quiero que pierda y del que ella se niega a desprenderse. Ese es el reflejo de la inocencia que vive en los niños, la energía positiva que le trasmiten estas fechas y que espero le dure mucho tiempo.

– Yo porfissss, déjame a mi mami, ¡yo la pongo!

Sonriendo alzo a la pequeña entre mis brazos para que llegue a lo más alto del árbol, al lugar privilegiado donde ha de colocar la estrella. El último y más importante adorno del árbol de Navidad, su debilidad. Cuando la pone en su sitio, un poco ladeada y temblorosa, sonrío y la dejo en el suelo. Sin que me vea la coloco bien y me separo para contemplar nuestra obra.

– Ahora vamos a sacar una foto y a enviársela a toda la familia, ponte al lado del árbol y sonríe como solo tú sabes hacerlo.

Mi niña obedece y con el móvil capturo la imagen que me enternece y espero lo haga con todos mis amigos y familiares. Una postal perfecta para felicitar las fiestas a los que nos quieren y queremos, una imagen que describe a la perfección nuestra vida y la felicidad que nos rodea.

El árbol adornado en azul y plata sobre verde. Bolas y cintas lo visten, coronado por una preciosa estrella y con la luz de mis ojos al lado. Es la mejor imagen que puede darme la vida y deseo compartirla con todos. Por esa razón sonrío y envío la foto, a todos los que sé que serán felices con mi felicidad, y la acompaño de una carita feliz, además de las palabras mágicas:

😊 Feliz Navidad

ANTONIO REINA
ALL I WANT FOR CHRISTMAS 

Últimamente creía haber mejorado mi estado de ánimo, pero ha bastado con escuchar “All I want for Christmas is you” para volver a llorar por donde siempre lo hago: justo entre mi soledad y tu ausencia. No puedo evitarlo. Desde que desapareciste sin decir adiós me abandoné a la duda. No saber con certeza lo que te alejó de mí ha sido la peor de las torturas que pudiera haber imaginado. Ahora, en esta época del año en la que propios y extraños celebran lo que quieran celebrar, al fin y al cabo eso da igual, me siento más perdido que nunca.

Miro absorto el guiño intermitente de las luces del abeto, el que tanto te gustaba y que he seguido montando durante todos estos años sólo por si decides que necesitas volver a verlo. Tal vez hoy, que además de nochebuena es nuestro aniversario, decidas regresar. En el fondo convencido de que no lo harás, escucho a Mariah Carey con la esperanza de equivocarme y me dirijo en voz alta al árbol como si fueras tú.

— Créeme, mi amor, no necesito explicaciones, no voy a reprocharte nada ni a buscar culpables. Perdóname por lo que hice, sea lo que fuere, y que te obligó a marcharte. Déjame decirte cuánto te necesito, cuánto me haces falta y que la nieve que tanto nos gustaba compartir y sobre la que nos prometimos, ha perdido su significado desde que no estás. Déjame decirte…

— Dímelo, por favor.

Escuchar de nuevo su voz me resulta tan irreal como maravilloso. Giro sobre mí mismo casi convencido de ser presa de una alucinación, pero no lo es. Aquí está, de pie junto a la puerta aún abierta de nuestro hogar, dibujando sólo para mí la sonrisa de ángel que no paro de recordar en la oscuridad de todas mis noches. Temblando, por fin consigo dar dos pasos que me dejan frente a ella a menos de un palmo de distancia. Sonrío por encima de mis lágrimas de alegría y balbuceo torpemente.

— Pero, pero… ¿cómo…? quiero decir… ¿por qué…?

Uno de aquellos maravillosos dedos, que tantas veces besé, aterriza sobre mis labios pidiendo silencio y, sin dejar de sonreír y mirarme a los ojos, ella acalla todas mis preguntas cuando empieza a hablar.

— Esta mañana un vagabundo, sin techo y apenas vestido, pero con un gesto inmenso de felicidad en el rostro, estaba sentado sobre una caja de madera extendiendo la mano a los transeúntes. Extrañada, sin entender cómo podía ser feliz en esas circunstancias, me atreví a preguntarle su secreto justo en el momento en que una mujer, harapienta y desdentada, se sentaba en el suelo junto a él y lo besaba como si fuera el único hombre sobre la tierra. Su respuesta me ha traído de nuevo hasta aquí:

“Mira a tu alrededor. Para los que te quieren de verdad, el mejor regalo de Navidad eres tú. Es tu obligación ser digno de tanto amor”.

L. HEKS
DE VUELTA A LA NIÑEZ

Cada año, en estas fechas llega a mi memoria el recuerdo de los tiempos en que me levantaba casi al despuntar el alba, despertando a mis hermanos mayores, para llegar hasta el árbol donde estaban todos los regalos, envueltos de colores brillantes y vistosos pompones, todos y cada uno de ellos con la etiqueta puesta, colgando, con el nombre del que será su dueño.

Incluso a el olor a chocolate caliente y bizcocho recién hecho, inmunda mis sentidos.

Con una sonrisa por tan bellos recuerdos, coloco el último regalo. Había seguido las pautas que nos inculcó mi madre. Cuatro regalos por cabeza. Uno necesario, uno útil, uno que nos ilustre y lo que realmente desearan.

Volví a meterme en la cama abrazándome a mi marido.

-¿Todo listo? -preguntó  con una sonrisa.

– Si, ahora solo queda esperar a… -ni tiempo me dio contéstale cuando oímos la puerta de la habitación de las gemelas abrirse y aporrear la de su hermano mayor.

– ¡¡¡Vamos Nono, levanta!!, – el ruido de la puerta abrirse de nuestro hijo mayor me hizo sonreír.

– ¿Qué pasa canijas?, si aún ni es de día… -podía percibir el tono divertido en su voz.

– ¿Tu tas tonto? -Preguntó Sofía con esa voz tan peculiar suya de sabelotodo-. Papa Noel… Ya debe haber dejado los regalos.

– ¿A dos brujas como vosotras?, ¡¡que va!!, pero fijo que para mí si hay algo contestó entre risas.

-Me toca -me susurró mi marido mientras se levantaba-. ¿A ver se puede saber que este jaleo? -preguntó alzando la voz, fingiendo estar molesto al abrir la puerta de nuestro dormitorio.

– Papa, Papá Noel ya debió llegar -le informó con timidez Ana-, ¿podemos ir a mirar?

Podía percibir el nerviosismo de mis pequeñas por el silencio de su padre, como le gustaba el teatro a mi marido, sonreí.

– ¿Pero vosotras creéis que se habrá acordado de vosotros?, no sé .. No sé… Bueno, id, pero si no hay regalos no os lo toméis a mal -las niñas con un grito de alegría salieron corriendo ante la mirada divertida de mi hijo y mi marido-. Van a flipar, acompáñalas.

Los gritos llegaron sin demora a mis oídos. Me levanté y tras colocarme la bata nuevamente, fui en busca de mi marido, que observaba desde la puerta la imagen de nuestros hijos, Nono de 14 años y las gemelas de 7.

– Pero bueno… ¿Qué es todo esto?

– Mama, ¡¡¡Papa Noel ha venido!!!

– Ya veo ya… ¿Os apetece un chocolate?

– ¡¡¡Si !!! — contestaron todos al unísono

Con una sonrisa fui hasta la cocina a preparar el chocolate, troceé el bizcocho de dátiles y nueces que había preparado la noche anterior y llegué con la bandeja hasta el comedor que ya estaba enmoquetado de brillantes trozos de papel de regalo.

Tome asiento junto a mi marido, con la taza de chocolate en la mano, disfrutando de la felicidad que inundaba la estancia. Mis hijas iba y venían mostrándome cada uno de los regalos que entre su padre, hermano y yo habíamos seleccionado para ellas. El brillo de sus ojos, repleta de alegría nos contagió de la ilusión que acompañaba en estos mágicos días. Por qué no hay nada mejor, que la feliz inocencia de un niño para que el corazón de un adulto vuelta a la niñez.

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